Noche eterna. Por Antonio Prado

Le despertó un fogonazo de luz vivísima. Un incendio en el interior de su propio cerebro. Y le despertó el silencio, la ausencia del rítmico batir sobre las juntas de dilatación de los raíles. Y también le despertó la inmovilidad, la extraña quietud que siguió al traqueteo que mecía su…

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