Me pesa el corazón (ha engordado)… Cuando era joven, vendí las acciones de mi empresa y compré mi vida. En mi ordenador, es decir, en mi mesa de trabajo, hay un montón de chatarra emocional: un plato con restos de la manzana que me comí a media…
En ocasión de todos los finales Yo nunca resistí las despedidas con su mezcla de muerte y precipicio con el aroma amargo de la finitud empalagando el ánimo con esa luz de hielo matutino que penetra debajo de los párpados. Yo nunca resistí las despedidas pero no sé por…
Me duelen los años Me duelen los años y la soledad que arrastran. Mi cintura inabarcable por tus manos. Me duelen los labios que no besé, las piedras que no he lanzado. Me duele que no seas poeta, tener que morir sin que nadie me escriba un poema…
Poeta maldito A Mario Nestoroff I Y advirtió un vacío, la potencia de la nada y el existencialismo que en el bar abrazaban el quinto vaso de coñac. II El fulgor de las calles: aroma que pincela frío sabor a tragedia /ocaso albedrío del poeta maldito/ III Y sensible a…
Tengo miedo de salir a la calle y que me quemen viva con la lava que me están arrojando los tiranos para hacer cenizas las verdades, para eliminar las evidencias de su cacería salvaje, inhumana y desmedida; pero más miedo me da no ver brillar la vida, más miedo…
Me pesa tanto amarte… Y es eso, ladrón, que, desde que has entrado en mí, me has saqueado. Con tus tormentas y tus desiertos, con tus regalos y tus abrazos, con tus me muero por verte y con tus no sé, mi hembra, cómo puedes vivir sin mí….
¿Por qué habría de querer? Ni siquiera puedo escribirle una canción porque lo que me provoca no lo logro describir; no es posible que él con tan sólo mirarme despertó a la mujer que dormía en mí. Ni siquiera puedo creer que sea real. Tal vez esto ya…
Entre la bruma y la calma Ya no confío en la brisa que asoma por la ventana, ni en los vivos resplandores que adormecen nuestra alma; que, aunque la vida prosigue, a todos se nos escapa por momentos de las manos, ya que es el tiempo el que manda. ¿De…
Levanta la cabeza Solo te quedaste con el diablo que veías entre mis piernas cada vez que entrabas. Oíste los gritos de sirenas envidiosas, en lugar de bañarte en los míos (por todos los demonios, con lo que yo te he amado). Dejaste las frases…
ELLOS Ahí están, con su silencio rutinario saludando a la aurora: los que se desperezan en cajeros cinco estrellas con vistas a un asfalto tocado con caperuza de verdugo; los que son arrojados a charcos de miseria mientras tienden las manos en busca de migajas con que alimentar su propia…