Take Away. Por Anita Noire

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Take Away

 

    Llevan semanas prediciendo mal tiempo, pero a la gente le da igual. No hay virus que pare las ganas de salir corriendo y los que han podido han liado el petate y cogido carretera y manta. Pero otros, quizá los extremadamente cobardones y pelados, nos hemos quedado en casa manteniendo la distancia de seguridad, la mascarilla y las burbujas que, de tanto cambio normativo, ya no se sabe si son de cuatro o de cincuenta y cuatro. Por suerte nos quedan las cafeterías abiertas y algunas terrazas en las que se puede desayunar, con el permiso de la autorizad incompetente. Es pronto, ni siquiera son las nueve, pero unos cuantos parroquianos, que sufrimos las secuelas de aquel temor que impuso el cierre de las cafeterías antes de las diez, ocupamos las mesa de aforo limitado antes de quedarnos sin ellas. Un café, un agua y un croissant. Más o menos lo de siempre. Al otro lado del mostrador, una señora pide un café con leche, tres azucarillos y un brioche. Todo para llevar. Pienso que la cosa de las restricciones ha impuesto la moda del “Take away” que tanta gracia nos hacía cuando lo veíamos por ahí y que ahora, siguiendo con la desgracia, nos da tres patadas. El “para llevar” implica vaso de cartón, cucharilla de plástico y un sobre de papel con el bollo que la dependienta coloca en una bandeja de plástico que la mujer coge con cuidado y que lleva a una mesa al final del local, frente al ventanal. Abre una bolsa de tela que colgaba de su brazo y saca un vaso de cristal, una cucharilla, un plato pequeño y empieza por verter el café con leche en el vaso, el brioche en el plato y todos los envoltorios los amontona en la bandeja que arrincona en la esquina de la mesa. Casi espero que saque una servilleta de tela o algo parecido, pero no. Me viene a la cabeza aquella película en la que un Jack Nicholson trastornado mareaba a una camarera con sus manías y sus cosas. Le doy un par de vueltas a mi café que se enfría en una tacita de loza. Empieza a llover y un viento del carajo arrastra unas cuantas hojas secas que golpean contra el cristal. La mujer sigue desayunando, sostiene en la mano una novela de tapa blanda que lee sin importarle ni ocho, ni ochenta y ocho, que me tenga atrapada.  Me intriga lo que hará cuando acabe pero dejo de mirarla, aunque de vez en cuando alzo un poco la vista por encima de las gafas para ver si sigue allí.  No somos nada, escucho al vecino de mesa y pienso que eso no es verdad. Somos tela marinera.

Anita Noire

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