Aunque hago click en tu boca,
nada sale de ella.
Pulso el mouse inalámbrico del reproche superado:
nada, nada. ¿Navego?
Uso luego la opción botón derecho
(el yo sé que es a medias y en su mitad naufraga)
y un 404 permiso denegado
me amonesta
(aunque más suena a qué, cómo y elija
la tarjeta de crédito con que abonará el agravio).
Me inquieto: la tasa de transmisión
parece haber mermado.
Voy a Atrás, click, reintento
pero no tengo autorización
para ver esa página. Tu antivirus
funciona mejor que tu antispyware
y a mí se me venció el plazo
del keylogger, del spymonitor y de las preguntas
con doble sentido.
Me enfrento al muro binario. Pulso una última vez.
Latimos a destiempo punto com.
El carro de compras está vacío,
la banda ancha se volvió angosta,
la webcam no nos captura,
se quema la memoria y al teclado
se le enquistan las letras.
El sistema se cae y nosotros con él,
sin red y con tensión, sin concesiones.
Todo, todo se inunda. Power off.
El monitor
también
agoniza en un último
destello.