¿No sabes que en la órbita lejana
retoman los planetas, mareados,
el viaje que iniciaron con desgana?
¿Qué importa que, sus soles apagados,
salude el cielo negro a las farolas
dejándose caer por los tejados?
Tumbados ya, quedémonos a solas
con todo este silencio, pero en vela.
Los vientos nunca duermen y las olas
apenas se recuestan en su estela;
el sol tampoco duerme (está de viaje
pero ha de regresar, porque recela
de aquellos que, colgado ya su traje,
se visten de durmiente uniformado).
Los sueños sólo entregan un mensaje:
“Soñaste”, lo demás es olvidado
tan pronto como el párpado se alza,
y es imaginación haber soñado.
Pero si la conciencia anda descalza,
y el cuerpo se lamenta, quejumbroso,
-el cuerpo, que es voluble y ahora ensalza
los dones invisibles del reposo-,
debemos aguantar, que es el momento
de dar por fin el paso victorioso:
soñar que es infinito el pensamiento.