Le despertó un fogonazo de luz vivísima. Un incendio en el interior de su propio cerebro. Y le despertó el silencio, la ausencia del rítmico batir sobre las juntas de dilatación de los raíles. Y también le despertó la inmovilidad, la extraña quietud que siguió al traqueteo que mecía su cabeza contra el respaldo del asiento.
Se levantó, recorrió el pasillo iluminado por la luz mortecina de las lámparas del techo.
Abrió algunas puertas correderas. Los departamentos estaban vacíos. Pasó la mano sobre el vaho que cubría una de las ventanas. Se acercó y entornó los ojos. La oscuridad era absoluta. Algunas gotas de agua se escurrían en el exterior del cristal. Pudo escuchar los rumores de lluvia y viento ahogados de vez en cuando por los suspiros agónicos, exhalaciones de aire y vapor que expelía el tren.
Volvió a su departamento. El interior estaba caldeado. Bajó la ventana de guillotina y un desagradable ramalazo de fría agua de lluvia sacudió su rostro. Una farola de luz desmayada iluminaba a duras penas la estructura de obra de una pequeña caseta que hacía las veces de estación. En el lateral de la fachada un cartel indicaba algo que él no podía leer. Restregó sus ojos para enfocarlos de nuevo en el letrero. Sólo oscuros trazos que debían indicar el nombre del lugar. La lluvia, las incordiantes gotas de agua, impulsadas por el viento cambiante de la noche, le cegaron de nuevo. Empujó con fuerza la ventana corredera. Parecía haberse atorado. Tomó aire y contrajo sus músculos con fuerza, oyó un chirrido de metales pegados por el óxido que de pronto se separan y la hoja acristalada se incrustó en el marco superior con un golpe sordo. Se derrumbó agotado sobre el asiento. Buscó con mano temblorosa en el bolsillo de la chaqueta y extrajo un pañuelo que utilizó a continuación para secar los cabellos apelmazados por la lluvia y restregarlo sobre su cara. Se sentía abrumado por el cansancio, asustado por aquella cruel debilidad que apenas le dejaba pensar. La inmovilidad serenó sus nervios y le permitió recuperar algo de energía. El calor del vagón fue caldeando su cuerpo. El sopor progresivo le derrumbó de nuevo en el sueño profundo.
Al otro lado de la mesa del despacho, Marisa, antes su amiga Mara, removía carpetas, extraía papeles y luego, sin saber qué hacer con ellos volvía a introducirlos en las mismas carpetas.
-No podemos seguir así, Luci. Has perdido el entusiasmo, la dedicación…
Lucía sabía. Y miraba a su jefa. Y apenas escuchaba porque sabía. Sabía lo que Mara quería, sabía lo que decía y lo que iba a decir y sabía que la figura femenina, agradable a pesar de los años, atractiva, todavía, si bien… ella sabía. Sabía de los tratamientos, inyecciones de cosas raras, a precio de oro, y demás, pero a pesar de todo…, debía reconocer que Mara era guapa, y desde el otro lado, sentada en el sillón del poder, le miraba…, y ella furiosa y también lastimada, herida, contenía su rabia y su dolor y soportaba el discurso de su jefa, y distraía sus pensamientos en el miserable retoque diario de Mara, potingues extendidos que cubrían arrugas, que a pesar de todo retornaban insidiosas, arreglo matutino que disimulaba tensiones, nervios, arrogancias, y sobre todo ello el egoísmo animal, el instinto depredador de Mara, y casi podía ver, imaginar, a través de la mesa de despacho, el traje con falda ajustada al milímetro, que aquella mujer de mediana edad elevaba a voluntad, cuando le convenía, sólo cambiando ligeramente de postura en el asiento, lo justo para insinuar y atraer miradas estúpidas. Y no necesitaba imaginar la camisa desabotonada hasta donde era necesario, en la justísima medida que una leve inclinación del cuerpo mostraría los senos turgentes, casi con seguridad operados, sospechaba ella desde hacía tiempo, sugeridos más que sostenidos, por transparentes y azulones sujetadores de encaje, que exponía con disimulo a los bobalicones trajeados, besugos de vivero, babosos engreídos con los que trataba sus repugnantes negocios, tratos salpimentados con libidinosas y obscenas insinuaciones que nunca pasarían de lo que eran, trampas de sexo, armas de mujer…
-Esta es una empresa de publicidad, Luci. Vivimos de, por y para la imagen. Y tengo que decirte que desde hace tiempo tu imagen es, por decir algo, lamentable. Sé que lo has pasado mal y aunque no lo creas me pongo en tu lugar. Y si te estoy diciendo esto es por tu bien…
Cerdos obsesionados por el sexo como Luis… Quién lo hubiera pensado, Dios mío. Treinta años de vida en común, destruidos, volcados en el estercolero de la cama de matrimonio, arrastrados en el fango miserable de las humedades de su propia criada. Vivian, se hacía llamar, mosca muerta de ignorancia supina, de incultura atroz, enemiga que ella misma había introducido en su casa. Joven hasta el insulto, cuerpo esbelto y turgente, libre todavía de las estrías que recorrían sus senos y su vientre…
Y Lucía, mientras Mara proseguía con su atolondrado discurso, apretó sus manos sobre su cintura, se inclinó sobre sí misma y emitió un gemido contenido, un grito agónico de dolor que de inmediato ascendió por el interior de su cuerpo y se detuvo en forma de nudo que ahogaba su garganta.
Mara, sorprendida, interrumpió la charla, y miró con preocupación a la mujer que tenía delante.
-He pensado que será mejor que te tomes las vacaciones ahora. Descansa, recupérate y después, cuando estés mejor, hablamos. ¿Qué te parece?
Lucía no podía hablar. La opresión que la ahogaba necesitaba estallar en llanto, pero un remoto sentimiento de orgullo exigía que Mara no la viera llorar. Hizo un gesto silencioso y apresurado de asentimiento, arrambló con su pequeño bolso y abandonó el despacho. Atravesó la sala donde tres mujeres y un hombre mordisqueaban, curiosos, lapiceros y bolígrafos, atentos siempre a las desgracias ajenas, y se encerró en el servicio. Se apoyó en la pared y se sostuvo medio mareada, mientras aspiraba con esfuerzo bocanadas de aire que aliviaron por un momento su necesidad de estallar de una vez por todas y consumirse en la amargura, en los sollozos que le permitirían al menos respirar. De nuevo se impuso a sí misma. ¡No la verían llorar! Apenas se atrevió a mirarse en el espejo de los lavabos. Recompuso algo de su aspecto desastroso. Ocultó sus ojos en las gafas de sol que extrajo del bolso marrón y abandonó el edificio en el que llevaba trabajando más de veinte años.
Lejanas llamadas de alarma le rescataron de la oscuridad absoluta. Fuerzas ciclópeas tiraban de su cuerpo, de su alma. La hoja de la ventana había caído con estrépito. La conciencia precaria que le reclamaba atención le obligaba contra su voluntad. Ascendió con desgana desde la paz del sueño. Escuchaba, todavía semidormido, el ulular del viento, y sentía el deslizarse de las corrientes de aire que formaban remolinos alrededor de su cuerpo. Gotas de agua golpearon su rostro. Abrió por fin, obligado por aquellos desagradables y lejanos reclamos, los ojos. Le sorprendió el sonoro tamborileo de la lluvia sobre el tren. Una lejana intuición que no podía comprender le impulsó a abandonar el vagón. Corrió unos metros al lado de la vía dando saltitos para evitar los charcos. Sólo le separaban unos metros de la casa estación, pero le parecía que avanzaba sumergido en alguna sustancia gelatinosa. Consiguió llegar hasta la entrada. El chaparrón seguía golpeándole mientras intentaba abrir la puerta. Por algún motivo la manilla no cedía a la presión y él se estaba calando. El silbido del tren le hizo volverse. Pudo ver a través de la cortina de agua el vagón en el que había estado un poco antes. Se deslizaba poderoso hundiendo las vías con su peso, arrancando a su paso siniestros estertores de hierro que se sucedían cada vez con mayor rapidez. Otro silbido, y la luz roja del vagón de cola se perdió en la noche. Sorbió el agua de lluvia que le martirizaba y se dispuso a realizar un último esfuerzo. Para su sorpresa la manilla cedió de inmediato.
Se dejó caer, ya en el interior, en un banco de madera pegado a la pared, otra vez sin fuerzas. Aprisionado su cuerpo, comprimidos sus pulmones. Inerte, extenuado. Transcurrió un tiempo indeterminado hasta que recuperó algo de energía. Sólo entonces pudo desplazar su mirada para ver sólo una sala de espera casi vacía. Cuatro paredes y dos puertas contrapuestas. Al lado de cada una, un pequeño mirador, dos hojas acristaladas, que temblaban y gemían ante esporádicas acometidas del viento y sobre las que batían algunas rachas de agua. La luz que iluminaba el interior era amarillenta y escasa y provenía de una sola bombilla que colgaba del techo. Había también un radiador antiguo sujeto a una pared que calentaba el aire sin mucha fuerza. Se acercó al otro extremo de la sala chapoteando en el interior de sus propios zapatos. Se asomó al ventanal. Gotas de lluvia golpeaban el cristal y luego se deslizaban como pequeños gusanos translúcidos en todas direcciones. Cayeron a lo lejos algunos rayos y los fulgores iluminaron algo que parecía un camino sombrío, luego, de nuevo la oscuridad más absoluta y el suave y lejano retumbar de los truenos. Esperó. Un relámpago ahora más cercano le permitió ver algo más del camino que partía de la caseta y también una figura que caminaba con dificultad en busca, como él mismo no mucho antes, de la protección que ofrecía la estación. A pesar de su debilidad, abrió sin pensarlo la puerta y se enfrentó al temporal. Los resplandores de los rayos le guiaron hasta la oscura silueta. Se mantenía en pie con dificultad, un muñeco a punto de ser derribado. Él mismo apenas podía avanzar, envuelto como antes en aquella sensación gelatinosa. Sus músculos parecían de goma La lluvia caía con fuerza. A la luz oscilante y fantasmal de los relámpagos que se sucedían con rapidez pudo ver el rostro asustado de una mujer empapada. Ella tendió sus manos en busca de ayuda. La sostuvo apenas comenzaba ya a derrumbarse. Pasó uno de sus brazos alrededor de su cuello y con una energía de la que un momento antes se creía incapaz la arrastró al interior de la sala. La dejó, con cuidado, sentada al lado del radiador. Corrió a cerrar la puerta y él se acurrucó junto a ella. Era una mujer de mediana edad, cabello oscuro aplastado por la humedad. El rostro, brillante por la lluvia, aparecía lívido. Suaves estertores acompañaban la respiración angustiada. Las manos y las piernas le temblaban. No supo muy bien por qué, entrelazó sus manos con las de la mujer y las convulsiones fueron desapareciendo. Apoyaron sus espaldas en el radiador de hierro fundido que comenzaba a funcionar con fuerza misteriosa. La mujer abrió por fin los ojos que se encontraron con los suyos. Ojos castaños, brillantes, tal vez por la fiebre, pensó él. No dijeron nada. Se dejó caer sobre su regazo y él la abrazó. Todavía temblaba por la humedad y el frío. La calefacción convertía en nubecillas de vapor el agua acumulada en sus ropas y en sus cuerpos. No era una postura cómoda, apoyados como estaban sobre el suelo, pero confortados por el calor se dejaron caer en el sueño profundo.
Carlos dejó a sus amigos. Cuatro, ya sólo quedaban cuatro. Dejó el bar de la estación y se alejó de los gritos de entusiasmo cuando el equipo metió el segundo gol. Argumentó que se encontraba mal, y sus amigos, que ya no lo eran tanto, dijeron que sí, que estaba bien. No hacía mucho tiempo no le hubieran permitido irse con una excusa semejante, aunque era verdad que él tampoco la habría utilizado. Se fue, pues, y salió por la puerta que daba a las vías. Encendió un cigarrillo y esperó. El Alvia, blanco, con el morro afilado para romper el aire como la proa de los barcos, rompía el agua, llegaba como cada tarde a la misma hora con el suave traqueteo propio de los trenes modernos. Dejó que el humo del tabaco le distrajera mientras ascendía en volutas caprichosas. Los espesos nubarrones cada vez más oscuros le convencieron para que volviera a su casa. Casa que ya no era y nunca más sería suya. El embargo estaba confirmado. Su último negocio había naufragado en el océano de la crisis. Su necesidad económica le sobrepasaba. Ya no podía vestir como antes, sus zapatos eran viejos, desgastados por el uso y maltratados por su propia dejadez. Su ropa, pasada de moda, raída, el tabardo que vestía y le aislaba del frío enseñaba algunos lamparones que no sabía cómo eliminar o al menos disimular. Repasaba el cabello con una afeitadora para no pagar al peluquero. Todo se iba deteriorando en él y en torno a él. Olía a fracaso, expelía el repugnante tufo de los caídos en la batalla. Los amigos, o lo que ahora fueran, hablaban en el disimulado conciliábulo que esperaba ser visto cuando volvía del servicio y escuchado también en los murmullos de los comentarios que cesaban de repente algo acerca de que se estaba convirtiendo en un gorrón. Suspiró de nuevo cuando el Alvia arrancó y mientras el tren se alejaba terminó de consumir el cigarrillo.
Caminaba en soledad preocupada, atento, en su vergüenza, a otros paseantes que podían ser conocidos, ¡¿cómo evitarlo en la pequeña ciudad en que todo el mundo lo sabía todo de los demás?!, para desviar, si los viera, de inmediato sus pasos a la acera contraria, para agachar la cabeza y fijar su atención en los repugnantes chicles pegados a las losas del suelo. Tristes maniobras con tal de escapar de un saludo venenoso, un reproche silencioso, una alegría mal disimulada,
<<¡Qué mal aspecto tiene este hombre! Desde que su mujer le dejó, dicen que ha caído en picado. Pero le debió dejar por algo. Parece que jugaba. Un adicto a las tragaperras>>.
Casi podía escuchar los pensamientos ajenos. Pero no era verdad. Él no había sido un adicto hasta que ella le abandonó. Luego sí. Cayó en el pozo negro de su desesperación y dedicó algunas tardes a las tragaperras, de las que sólo podía librarse, bendita prohibición, para atender al vicio que le consumía desde siempre, el maldito tabaco, ahora convertido en un pobre consuelo al borde del abismo. La decisión estaba tomada. Primero al peluquero, pero no al que frecuentaba antes de su desgracia, que era entonces el de costumbre, parlanchín que le interrogaría con la sutileza de un investigador de homicidios sobre su situación, para luego sacudirle una factura de treinta euros. En camino hacia su casa que ya no era suya y que acabaría pronto en pública subasta, pararía en la peluquería femenina que ofrecía corte de caballero a precio más razonable. Luego se ducharía y afeitaría. Vestiría la ropa que había reservado protegida en los sacos de cremallera que antaño utilizaba para colgarla en el coche y se pondría los zapatos sin estrenar que conservaba en la remota esperanza de que las cosas fueran a mejorar, o, como ya tiempo atrás había decidido, para alguna ocasión especial. El momento había llegado. La ocasión especial se había presentado de improviso, hacía cinco minutos, mientras veía arrancar al Alvia y apresurarse silencioso en busca del final de su recorrido. Eso era, el final de su propio trayecto, ¡qué otra ocasión podía ser tan solemne, tan importante! Largarse, irse, desaparecer de un mundo que se había vuelto hostil. Bien vestido, limpio, afeitado, como era conveniente a su historia anterior, antes de la destrucción que había acabado con él. Preparado como correspondía a la única ceremonia que era inevitable. Después de todo, ¡qué más daba! diez años antes que después. En el infinito transcurrir del tiempo, su memoria, su recuerdo se perdería, calculaba, en un par de años. Y si no era así, tampoco tenía importancia, su desaparición acabaría con la mala película en que se había convertido su vida.
<<The End. El fin. Punto y final. Pantalla en negro. Luces apagadas y a la calle. Se acabó>>.
Sólo después, cuando llevaba unos minutos despierto, recordó. La mujer que se apoyaba sobre su hombro le miraba desde la profundidad de unas cuencas amoratadas. Le pareció enferma, sufriente. Se incorporó y ayudó a que se levantara. Había dejado de llover. Abrió la puerta que daba al andén. La farola exterior apenas iluminaba unos metros de vía. Más allá, sólo fugaces resplandores acompañados de los sordos murmullos que producía la tormenta que se alejaba.
-Esperaremos a que amanezca.
-Aquí el tiempo no pasa. Nunca saldrá el sol.
Le sorprendió el tono casi musical de la voz femenina. La mujer miraba preocupada la esfera de un blanco fosforescente, justo encima de la puerta que daba al camino oscuro. El hombre alzó de inmediato el brazo izquierdo. Su reloj de pulsera emitía la misma luz fantasmagórica que sumergía manecillas y números.
-Creo que estamos muertos -dijo ella sin desviar la vista de la esfera blanquecina-. Aquí el tiempo no pasa.
La voz le llegó ahora trémula, asustada, y él se acercó a la puerta que daba al camino por el que ella había llegado. En el exterior no hacía frío y los tenues fulgores que iluminaban el espeso manto de nubes negras mostraban un curioso sendero que parecía construido con arena oscura. Ascendía unos cientos de metros y luego se ocultaba en el recoveco de la suave loma que lo circundaba.
-Al otro lado hay un pueblo pequeño. He visto luces cuando venía hacia aquí.
Él asintió y comenzaron a caminar a la luz estroboscópica de los rayos. Avanzaban con facilidad sobre el firme que parecía gomoso, dispuesto a empujar con suavidad cuando los pies debían levantarse y a acogerlos con delicadeza cuando retornaban para el nuevo impulso.
Descendieron la suave pendiente y pasaron el puente. Debajo, el río discurría oscuro, sinuoso, una serpiente negruzca, casi invisible. Dejaba oír en su recorrido burbujeos espumosos y los sonidos que producían las rizadas sucesiones de las crestas de agua, los remolinos y los embates de la corriente sobre la ribera y contra las pilastras del puente para perderse de inmediato en el meandro que rodeaba la casa de la que podían ver, a través de una ventana, una suavísima luz interior.
Subieron las escaleras, construidas de obra, adheridas a la fachada. Entraron en la cocina. La mujer se sentó de inmediato en una silla y apoyó los brazos sobre la mesa. La pieza era antigua, una chapa de hierro fundido, caliente por la llama interior que consumía una carga de carbón. En una olla, crepitaba la sopa espesa y humeante. Él distribuyó platos y cubiertos que extrajo de una alacena de madera blanca. Se sirvieron el caldo del puchero. Se sintió mejor, pero la mujer parecía agotada, consumida por alguna enfermedad desconocida.
-Necesito dormir -le dijo, y se levantó con dificultad. La acompañó hasta la habitación. Una cama de matrimonio con jergón antiguo, colchón de lana, sábanas y una manta gruesa. Encima del cabecero, un crucifijo, una bombilla de poco voltaje y un interruptor de pera colgando sobre la almohada. Se desnudó y se puso un pijama floreado que extrajo de la cómoda. A él le pareció observar una tumefacción en la parte interna del muslo, pero no dijo nada.
-Tengo mucho frío. Acuéstate conmigo y abrázame.
Le asustó el color ceniciento de la mujer. También se puso un pijama de franela y se introdujo entre las sábanas, junto a ella. Acercó el pecho a su espalda y pasó un brazo sobre el hombro, ella lo desplazó con suavidad hasta que lo sujetó junto a su vientre. Percibió los temblores de un cuerpo aterido y se dejó llevar por el sueño.
Ni siquiera conocía la carretera por la que circulaba. Una comarcal de doble sentido, mal firme, tramos sin quitamiedos, destruidos por una crisis que ya no permitía reparación. Al lado, unos metros de terraplén más abajo, paralelo a la carretera, corría el río, y al otro lado del río le seguía la vía del tren. Casi no circulaban vehículos. La tarde se estaba haciendo oscura y sobre el parabrisas delantero proyectaba sombras y reflejos extraños. Creyó ver el rostro rugiente de Viviana, ahora Vivian, la mujer de su marido. Hembra primaria de instintos salvajes que la sustituía. La misma mirada feroz que Marisa, antes su amiga. Marisa, que la cortejó con simpatía perversa. No la quería a ella, quería a su marido, a Luis, el triunfador, el ejecutivo estrella, el hombre de la sorprendente expansión de una cadena de franquicias. Quería el contrato y buscó y encontró el resquicio lateral que abría el camino para acceder a un hombre lejano y poderoso. Ella, Lucía, ya cerca de los cincuenta, sus dos hijos casados y perdidos en familias ajenas y países extranjeros, ella misma removió las reticencias de su marido y Luis firmó, y Marisa, a cambio, le juró amistad eterna y le proporcionó el trabajo que le hizo sentirse algo más que la mujer que sólo espera el regreso del hombre. Marisa y Viviana la miraban desde el otro lado del cristal, fantasmas de la tarde crepuscular. Hembras rugientes, sin compasión, dispuestas a todo. Viviana la quería lejos de Luis, la quería muerta. El macho dominante y poderoso sólo para ella, y Marisa supo, alguien se lo dijo, que el contrato requería expulsión de hembra derrotada, cambio de reina sobre el tablero de ajedrez, dama por dama. Lucía estaba sentenciada y lo sabía. Pero lo que la ahogaba, el nudo correoso que obturaba su garganta, era algo distinto, era Luis.
<<¿Acaso no se daba cuenta de lo que ocurría?. La primera mujer lo era para todo, para lo bueno y para lo malo. Ella le quería por él mismo. Viviana sólo quería lo que él tenía, lo que de él podía obtener. ¿Cómo podía estar tan ciego?>>.
En aquel preciso momento, cuando entraba en la boca de la oscura caverna taladrada en la roca viva, lo supo, Luis ya no era suyo. La había sustituido por una falsa voz empalagosa, por las insinuaciones de un cuerpo joven, por las lujuriosas sensaciones de unas piernas abiertas. Trampa mortal para viejos verdes de la que ya no escaparía. Ella, cuando se enamoró de él, le abrió algo más que su cuerpo. Abrió su más sagrado interior y dejó que el hombre de su vida pasara a formar parte de su misma esencia vital, dos seres en uno. Una entrega absoluta, sin condiciones.
A la salida del túnel, la noche se estaba echando ya como un sudario negro sobre el mundo que ella conocía, sobre su propia alma. Escuchó el repiqueteo cadencioso del temporal que se desataba y al compás de la lluvia y del barrido de los limpiaparabrisas comenzó a llorar. Luis ya no era suyo, lo perdía sin remedio, la había dejado tirada en el camino oscuro de una vida a medio recorrer. Sola, terriblemente sola y desamparada. Un segundo antes de que diera el volantazo final, la luz de los faros del coche que se abalanzaba desde el carril contrario la cegó. Giró por instinto la dirección y se sintió caer junto al otro vehículo. Ambos saltaron al vacío del terraplén. Fue un momento eterno. Un grito de angustia liberador. Luis se alejaba de su vida, lo expulsaba por fin y ella se precipitaba en la muerte, sin miedo, con la serenidad de quien sólo quiere la paz, el descanso.
Su cerebro se estaba desgarrando. Una marea roja inundaba sus ojos. El dolor insoportable le lanzó de la cama y le puso de rodillas. Rodeó su cabeza con sus brazos y apretó con fuerza. Quería contener aquella presión que amenazaba con reventarle por dentro. Sintió sus manos abiertas, suplicantes, ásperas, pringosas. Se incorporó mareado. Sostenía su cabeza como si fuera a desprenderse. Tanteó en la oscuridad. Oprimió el interruptor y la luz raquítica disolvió algo de su sufrimiento y le permitió observar de cerca aquella sustancia pegajosa. Era sangre, sin duda. Buscó sobre sí mismo. Luego se acercó a la cama. La mujer apenas respiraba, escuchó un jadeo silbante. Apartó la manta. Se incrustaba en el muslo y desaparecía en el interior de la carne. Un objeto repugnante sobre el que rezumaba el líquido oscuro. Buscó sus pantalones y extrajo el cinturón, rodeó el músculo, un poco más arriba de donde la punta de aquella espada negruzca parecía terminar y apretó hasta que la hemorragia cedió. Otra vez el dolor vivísimo y la ventana de la habitación que vibraba. Se acercó con la boca abierta, en un silencioso grito agónico de dolor insoportable. Los cristales estallaron, le golpearon el rostro y la parte superior del torso. Y luego un alarido salvaje, un estruendo inacabable, un rumor de fondo, el lamento de un mundo a punto de derrumbarse. Se asomó al exterior, herido, y sintió los goterones de la lluvia que se entremezclaban con su propia sangre. El río trepaba ahora, incontenible, y la casa se mecía, como movida por un terremoto. Se agarró a las contraventanas y le asaltó el presentimiento de que algo no tenía sentido, todo estaba cambiando. La casa era metálica, las contraventanas eran la puerta de un coche, su propio coche, el que él mismo había precipitado en busca del río en el que pensaba ahogarse. A su lado, el otro vehículo que había aparecido de improviso en dirección contraria y al que había arrastrado al abismo. En el asiento, la mujer, dormida, desvanecida, respiraba con dificultad. Pudo entonces verse, tomar conciencia de sí mismo, de pie, sosteniéndose a duras penas sobre la puerta abierta del vehículo de la mujer. Palpó su sien derecha y sintió el reguero de la hemorragia que se mezclaba con el agua de lluvia. El río, un metro más abajo, arrastraba fango y deshacía la ladera sobre la que se sostenían, de forma precaria, los coches. Alzó la vista. La lluvia apenas le dejaba abrir los ojos. En lo alto, la tormenta bullía impetuosa. Alcanzó a ver un relámpago y luego se derrumbó en la oscuridad mientras escuchaba el sonido del trueno.
-Un poco más y los hubiera arrastrado la corriente. -Los agentes hablaban a la luz de las antorchas de emergencia.
-Según los médicos de urgencias a la mujer le han hecho un torniquete en el muslo. Creen que eso le ha salvado la vida. El hombre tiene una contusión importante, pero la herida ha permitido el flujo y la sangre no se ha acumulado en el interior del cerebro. Está confuso, y medio desmayado, pero es posible que se salve.
-Y es curiosa la forma en que los coches se han sostenido uno al otro, trabados en forma de cuña por la parte delantera, justo hasta que han podido rescatar a los heridos. En fin. ¡Qué ganas tengo de que termine esta noche!
Recogieron los conos de aviso, dieron paso a los vehículos detenidos y a bordo de sus coches oficiales se perdieron en las curvas de la carretera, de la noche y de la tormenta.
Sorteó médicos con bata blanca, carros con medicinas, enfermeros de uniforme azul, carros con comida, celadores de uniforme gris, carros con ropa, limpiadores de uniforme blanco, sillas de ruedas, enfermos con bata de paseo, hasta que consiguió dar con la 215 del hospital comarcal. Luis abrió la puerta con cuidado. La cama de Lucía estaba vacía, sólo el colchón desnudo, la ropa de cama, sábanas y mantas, limpias y dobladas, en un extremo.
-Se ha ido hace un par de horas -le dijo la compañera de habitación-. Ha venido un hombre a recogerla. El mismo con el que tuvo el accidente.
Antonio Prado
Foto:MLN









