<br /
Hoy es uno de tantos días, que te levantas y no puedes con tu alma, llamas al trabajo para decir que no crees llegar antes de las 10.00. No explicas el porqué, ya que ni tu misma lo sabes. Tardas más de media hora en ducharte, y eso que decides no lavarte la cabeza para tardar menos, no puedes ni prepararte un café, (por dios, que te lo hagan en la cafetería de abajo que les cuesta menos que a ti ir a la cocina, sacar la cafetera, y abrir el paquete de café, pues para colmo está vacío el bote y tienes que ir a la despensa y abrir uno nuevo)
Has conseguido restaurar tu cara, y ponerte en condiciones de salir a la calle sin aparentar todo lo que llevas dentro, mil cosas, la vida. Y sales con tu vida a cuestas un día más, porque no te queda más remedio. Te tomas el café en la cafetería y te sabe a gloria solo porque te lo han hecho.
De repente, en el largo pasillo que enlaza una línea de metro con otra, ves parada a una chica monísima que carga un maletón más grande que ella, al que se le han roto las ruedas, y está parada justo al lado del músico que siempre toca melodías en ese pasillo, haciendo que lo está escuchando, porque seguramente le da algo de pudor sentirse observada por las mas de cien personas que pasan por allí en ese momento. Y tu piensas: Quién fuera turista en Barcelona como esta chica cuyo único problema es que se le han roto las ruedecillas de su maletón. Un poco más allá aparece una pareja. El la lleva cogida por el hombro, y ella, mirándole con cara de amor, le está explicando cosas. Su indumentaria pone de manifiesto que hace años que no han renovado vestuario, y el violín que ella lleva te cuenta que viven de limosna. Y tu piensas: que suerte tienen, son pobres pero no están solos, se nota que se quieren mucho, solo hay que ver como se miran el uno al otro. Además, estos no trabajan por objetivos ni tienen las presiones que tanto me irritan a mi, viven tranquilos. La edad? Seguramente son más jóvenes de lo que aparentan, pero la vida y la limosna seguro que hacen su mella en los rostros de las personas.
Entonces te das cuenta del engaño, de lo tremendamente descompensado que está todo, porque ellos, al pasar por tu lado, también te han visto, y seguramente habrán pensado en todo lo que tu tienes y a ellos les falta, como tu piso de 70 metros donde podrían vivir con los tres niños que tienen, cerca del metro, con una cafetería debajo de casa donde les hagan un café cualquiera de esos días en los que no están para nada, y cuesta tanto salir de la cama para empezar un nuevo día, y llegar al trabajo a las 10 sin que nadie diga lo más mínimo, y a final de mes un sueldo fijo que no está nada mal.
Y cuando llegas a trabajar no puedes más, y en lugar de ponerte las pilas y empezar el día, escribes un mail como este y se lo mandas a Irene, quien además de ser tu jefa, te quiere incondicionalmente, no tiene demasiado en cuenta tus fallos y te hace pensar en lo afortunada que eres sin decir una sola palabra de reprobación. Y no sabes bien porqué lo escribes, pero lo haces y se lo mandas, en parte porque te sientes mejor contigo misma, y en parte porque lo sientes mucho.
Candela Moreno











