Macondo nunca duerme
Aracataca ya no tiene tren,
la mujer mece al niño en el zaguán,
observa sin preocupación la senda,
pero nadie resopla,
tan solo el carbonero sostiene su añoranza.
Un viento de nostalgia
intenta mitigar viejos sabores
y dos veces al día cruza el pueblo.
Deja un olor a oscura madre tierra
sobre los jóvenes que bailan cortos
de zapatos, descalzos de camisas.
Aspiran los recuerdos de sus padres
tienen gusto a guayaba y a tejados de cinc.
Gabito no recorre ya las calles
ni sus casas de lluvia le embriagan;
No escucha las historias de su abuela
siempre desopilantes, un eterno naufragio
testamentario de color azul
con aromas a dulce de banano.
Gabo, ya no pasea guayaberas
blancas junto al arroyo,
sin embargo, los ojos de las gentes
amanecen repletos de amarillas
mariposas que incendian la memoria.
Macondo nunca duerme.