Y…
Desnudo y falto de abrigo,
azotado por austro y septentrión,
ora más que par el agua, ora non.
Mas el sol su tiempo avanza
y así nada fatal alcanza
a igualarse conmigo.
Y la yema nace.
Si ser se mueve le sobra queja
en mi entero derredor
cuando otro color en el verdor
anuncia una pronta paga.
¿Por qué me apuntas con daga
tú, truhana, ladina abeja?
Y la flor perece.
No es el peligro de arder
lo que mis venas amilana:
sólo le temo a la mañana
que la huerta haga secarral,
y tan grande sea dicho mal
que no vea mis hijos crecer.
Y los frutos caen.
Luz, ahora no me quieres más.
¿Qué maledicencia he hecho
para dejarme al acecho
de nubarrones marrajos?
Lentamente son mis andrajos
más raídos cuando te vas.
Y la nieve vuelve.